Lo que la tierra da, la casa lo guarda y lo transforma. El saber de siempre para que la cosecha dure y siga viva todo el año.
Junto a la huerta y bajo los frutales crece otro cultivo: el de las plantas y flores que la casa campesina cultivaba —manzanilla, tila, malva, saúco, hierbaluisa, menta, caléndula, laurel—. Forman parte del bosque comestible tanto como las fabas: atraen polinizadores, cubren el suelo y perfuman la casa. Recuperarlas es recuperar también el saber etnobotánico asociado a ellas, el nombre y el uso que les daba cada valle.
Las tisanas de después de comer, el ungüento de caléndula, el jarabe de saúco, el vinagre de hierbas: recetas de la casa que se pasaban de mano en mano. Aquí se conservan y se comparten como patrimonio cultural y etnobotánico —el modo tradicional de acompañar los males menores del día a día—, no como sustituto de nada.
Compartimos memoria y saber tradicional, no consejo sanitario. Ante cualquier problema de salud, consulta a un profesional. Muchas plantas requieren identificación segura y precaución en su uso.
Una huerta y un frutal dan más de lo que se come en el momento. El arte está en que nada se pierda: que agosto alimente a enero.
La despensa fría, el hórreo, la arena y la paja: manzanas, patatas, calabazas y raíces que aguantan el invierno sin más tecnología que el sitio adecuado.
Fruta, setas, hierbas y legumbre: quitar el agua es el modo más viejo y sencillo de que la cosecha dure.
Mermeladas, compotas, tomate y verdura en tarro: el calor y el azúcar o el aceite para cerrar el frasco hasta el año siguiente.
Encurtidos y salazones: la despensa que también sazona, del pepinillo a la berza.
Donde Asturias entiende mejor que nadie: la sidra es fermento, y de la misma familia vienen el chucrut y las verduras lactofermentadas, la masa madre del pan, los vinagres y el kéfir. Los microorganismos hacen el trabajo: convierten el excedente en algo que dura, más digerible y más vivo. Un fermento es una despensa que respira —y un saber que enlaza directamente con el banco de semillas y la sidra del país.
Nada se tira: lo que sobra, se guarda; lo que se guarda, se transforma.
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